Los lapsus, un tema serio y divertido a la vez

Un profesor de anatomía les pregunta a sus estudiantes si habían comprendido lo que explicó en su clase. Todos responden que sí. A esto, el maestro replicó: “No lo creo, pues las personas que comprenden verdaderamente estas cuestiones pueden contarse, aun en esta gran ciudad de más de un millón de habitantes, con un sólo dedo.” Pronto se da cuenta de que está diciendo algo distinto a lo que aparentemente quería decir y se corrige: “Perdón, no con un dedo, sino con los dedos de una mano”.

A primera vista, el indignado profesor simplemente intercambió un par de palabras y dijo algo sin sentido. Pero al mirar con mayor detalle, tal vez nos percatemos de que su equívoco sí tiene sentido, aunque esté oculto. Sus palabras dan a entender que “uno sólo de los dedos (asistentes) entendía”, o quizá que “sólo uno de los dedos era capaz de contar y definir quién entendía y quién no”.

Así es el lenguaje del inconsciente: cifrado. No se da de manera razonable, sino en términos de lo absurdo. Siempre demanda una interpretación para ser comprendido. “El inconsciente nos traiciona”, se dice popularmente, pero en realidad ocurre exactamente lo contrario: el inconsciente es leal a lo que realmente pensamos o sentimos.

Lapsus olímpicos

Bajo la denominación de lapsus se agrupan varios tipos de equivocaciones: las orales o lapsus linguae (cuando se dice una palabra por otra), en la escritura (cuando se escribe algo diferente a lo que se pretendía), en la lectura (al leer una cosa diferente a la que está escrita), y la falsa audición (cuando se escucha algo distinto a lo que ha sido dicho).

Millones de personas han sido testigos de lapsus linguae memorables, como aquel de George Bush cuando dijo: “Nuestros enemigos son innovadores e ingeniosos, y nosotros también. Nunca dejan de pensar en nuevos métodos para perjudicar a nuestro país y a nuestro pueblo, ni nosotros tampoco.”

También le dio la vuelta al mundo el lapsus de José Luis Rodríguez Zapatero, cuando era presidente del gobierno español, y hablando sobre un acuerdo comercial para promover el turismo, dijo: “Un acuerdo para estimular, para favorecer, para follar”…

El presidente colombiano, Juan Manuel Santos, quería decir que los ciudadanos habían votado por a favor de la reelección, en cambio dijo: “Eso no invalida el número de votos que fueron depositados a favor de la corrupción”.

El candidato a la presidencia Alfredo Pérez Rubacalba afirmó: “Ahora, yo sí le digo que si yo gobierno, usted tendrá desempleo…”. Evidentemente quería decir lo contrario.

El diputado chileno Pepe Auth iba a mencionar a Jacqueline Van Rysselberghe, pero pronunció mal su apellido y en cambio dijo: “Jacqueline Van Rysselberga“. Afortunadamente, este lapsus probó que el diputado tiene gran sentido del humor.

Los equívocos cotidianos

El día a día está lleno de pequeñas torpezas, a las que apenas se les da importancia. Tomar la ruta equivocada de autobús, olvidar el nombre de una persona con la que hablamos todos los días, desconocer por completo a dónde fueron a parar las llaves para entrar en la casa… Esas equivocaciones aparentemente insignificantes, que por mucho tiempo pasaron inadvertidas para los científicos positivistas, tomaron un peso diferente en el marco del psicoanálisis.

No es que esos errores tengan excesiva relevancia por sí solos, sino que representan una puerta de entrada a fenómenos más amplios. Los lapsus revelan un conflicto entre dos fuerzas que están en tensión en una persona. Una de ellas es consciente (lo que se quiere decir o hacer) y la otra es inconsciente (lo que realmente se piensa o siente frente a algo, pero se reprime por diversas razones).

Los lapsus, como tantas otras expresiones del inconsciente, causan hilaridad. Pero más allá de su función anecdótica, constituyen una excelente vía para reconocer esas zonas de nosotros mismos que, de otra manera, quedarían en la oscuridad.

Fuente: La mente es maravillosa

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