¿Por qué resulta tan difícil cambiar las relaciones con nuestros familiares?

familiaCuando los pacientes acuden a terapia para modificar sus conductas, aprender nuevos comportamientos o cambiar sus habilidades, siempre surge la misma dificultad: Donde más difícil le resulta a la persona cambiar y donde más tardarán en apreciar que lo ha hecho, es en su propia familia.

Esto genera gran desconcierto y frustración ya que no sólo las personas mas allegadas son las que más pueden ayudarnos a lograr nuestras metas, sino que a veces el objetivo mismo de acudir a terapia era mejorar comportamientos y relaciones en el seno familiar.

¿Por qué ocurre esto?

Respuestas condicionadas y de gran intensidad emocional
Normalmente los lazos familiares tienen un valor afectivo tan grande que la posibilidad de perderlo genera culpa, miedo, tristeza e influye mucho en la decisión de cambiar conductas que puedan trastocar las relaciones. Pero además de la intensidad de estas emociones hay otro factor clave: el haber pasado tanto tiempo juntos y muchas veces desde el inicio de nuestro aprendizaje, hace que exista un fuerte condicionamiento entre nuestras respuestas y las conductas de los otros. Así, el gesto de nuestra madre nos puede seguir inspirando temor aunque tengamos cuarenta años y le saquemos dos cabezas, o el grito de una hermana puede crisparnos al recordar pasadas experiencias compartidas. Esta respuesta aprendida casi automática dificulta que tengamos control sobre nuestras emociones y planteamientos en la interacción con nuestra familia.

Nuestras conductas son reforzadas y castigadas constantemente por nuestra familia…

Cuando proponer una idea en la oficina obtiene beneficios tendemos a volver a repetirlo, igual que dejaremos de hacer una determinada broma si sistemáticamente nuestros amigos nos llaman la atención. De igual manera, lo que hacemos en casa provoca consecuencias positivas y negativas que influirán en que sigamos haciendo o no algo, y además lo hará con más frecuencia dado el mayor número de interacciones con ellos y la importancia de dichas consecuencias. Si por cambiar de carrera mis padres van a dejar de hablarme o si cuando trato de tener más iniciativa mis hermanos me recriminan que vaya por libre, es probable que cese en mi intento de modificar mi conducta.

…Y nuestras conductas a su vez refuerzan las de ellos

Es interesante ver cómo a veces a los familiares no les conviene que cambiemos. Incluso aunque nos pidan que lo hagamos y sean partícipes de la idea de ir a consulta, cuando el paciente cambia, los suyos pueden desconcertarse y acabar recriminándole. Esto es así porque también ellos han construido sus propios hábitos y formas de actuar en función de cómo era el paciente y que cambie éste implica que todos tienen que cambiar a su vez. Una señora que acude deprimida a consulta, animada por su marido e hijos, y empieza a entender que tiene que dejar de callarse cuando la falten al respeto y además salir más a hacer lo que le gusta, provocará que los demás tengan que gestionar esas fricciones de otra manera y asumir las tareas que su madre ya no hará. O si una persona ya no coge el coche, porque ha superado su miedo a montar en metro, obligará a su hermana a sacarse ella el carnet cuando ya no tenga quien la lleve de paso.

Interacciones múltiples y complejas

En esta influencia mutua de conductas, cada uno va adquiriendo una manera de comportarse, un rol, que le permita obtener consecuencias positivas propias dentro del grupo familiar. Y una vez establecida esa red, resulta complejo cambiarla sin que se desmorone entera. Si ahora uno es más extrovertido esto puede incomodar al que era el gracioso de la familia y a su vez intimidar más a quien también era tímido. Por eso la inamovilidad de este rol se aprecia sobre todo cuando la familia está reunida al completo. Allí, incluso conductas que ya no estaban presentes en el día a día vuelven a manifestarse como si el tiempo no hubiera pasado para nadie.

Dentro de la jerarquía familiar, cada cual desempeña un determinado rol que resulta difícil de cambiar.  Dentro de la jerarquía familiar, cada cual desempeña un determinado rol que resulta difícil de cambiar.

¿Cómo podemos entonces cambiar las conductas?

 

Pequeños cambios poco a poco

Una de las claves es no querer cambiar todo de repente, sobre todo si no se está dispuesto a asumir las consecuencias emocionales descritas. Es mucho más práctico y duradero hacer pequeños cambios en la rutina familiar que puedan ser asimilados por los demás y se vayan adaptando a ellos progresivamente. Empezar a hablar más en las comidas de manera gradual en vez de pasar de no hablar nada a estar verborreico, o exigir a los hijos que ayuden con una tarea en vez de darles un ultimátum de que cambien todo que seguramente no se cumplirá nunca.

Combinar el cambio con refuerzo y nuevas conductas

Cuando cambiamos los demás pueden atribuirlo a una reacción emocional pasajera o interpretarlo como un ataque contra ellos. Por eso un truco infalible es ayudarles a discriminar haciéndoles ver que el cambio es real pero positivo para todos, y no va a cambiar lo fundamental de la relación. Si quiero que mis padres dejen de llamarme cinco veces al día al móvil, tan importante como dejar de cogerles la llamada es ir a verles más a menudo para que se den cuenta que no hay un distanciamiento o un enfado sino que quiero cambiar esa dinámica en concreto. Si no me gusta cómo mi madre trata a mi marido si le llevo a comer, puedo dejar de hacerlo y a cambio buscar una actividad donde los tres podamos estar cómodos.

Comunicación

Aunque no siempre decir que se va a cambiar significa que se cumpla, desde luego el poder transmitirles qué se pretende y por qué y señalar cuando esto esté ocurriendo es fundamental para que los demás nos entiendan y apoyen y puedan también transmitirnos lo que van pensando acerca de esto. No olvidemos que nos conocen bien y si saben nuestro objetivo pueden ayudarnos a lograrlo. Si no existe comunicación, los cambios siempre serán confusos y lentos.

Reestructurar ciertas ideas

Entender la familia como algo inamovible y sagrado que no puede evolucionar o cambiar, es, paradójicamente, lo peor que se puede hacer si queremos mantener durante muchos años una buena relación familiar. Hay que atreverse a romper ciertas barreras si así vamos a mejorar nuestra calidad de vida.

De igual forma es muy importante tener presente que el hecho de que la familia amortigüe los cambios puede ser una gran ventaja. Se convierten en en refugio frente a los estresores externos, en el apoyo incondicional cuando todo lo demás falla y en esa mágica burbuja donde el tiempo no pasa y todos podemos volver a ser el que un día fuimos.

Fuente: Diario El Confidencial

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