El sentimiento que lleva mucho tiempo amargándonos la vida

sentimientosCuando se trata del cuidado de nuestro cuerpo tendemos a actuar directamente sobre él, aplicándole cremas, sometiéndolo a dietas o haciéndolo sudar. Sin embargo, no son sólo las actividades puramente físicas las que influyen a nuestra salud. Así lo estima Billi Gordon, investigador de la David Geffen School of Medicine de la UCLA, que ha analizado los devastadores efectos de la ira en la salud de los seres humanos. Estas son sus principales consideraciones.

La ira en la sociedad

Como el sufrimiento, la ira atraviesa diferentes generaciones gracias a la memoria colectiva. Gordon pone el ejemplo de una persona de raíces judías, cuyos ascendentes hayan sobrevivido (o no) al Holocausto nazi. Los judíos, dice Gordon, como colectivo, siguen enfadados con los nazis, pues “el tipo de ira que se genera a raíz de genocidios como el del Holocausto o la esclavitud americana no desaparece rápidamente”. Por el contrario, ésta se convierte en una suerte de silenciosa incapacidad emocional. Por supuesto, la otra cara de la moneda estaría en los hijos o nietos de los que participaron del nazismo alemán, a los que les pesa una culpa que en realidad, a título individual, no les pertenece: también ese es un tipo muy nocivo de ira transmitida. El ejemplo concreto sirve porque es esclarecedor, pero son muchos los motivos por los que heredar una ira colectiva: motivos de guerras, de etnias, de género, de raza…

Este sentimiento se da también, pero a menor escala, en las familias, donde se transmite la ira de una generación a la otra a través de las historias que cuentan los progenitores. Los roles y los odios se heredan. Sin embargo, Gordon no es pesimista a este respecto, y considera que “afortunadamente el amor es mucho más fuerte que la ira”, aunque esta tarde mucho en desaparecer. Muy a menudo sigue presente, y simplemente aprendemos a controlarla.

La ira local en el presente

Al margen del enfado o la carga de rabia que podamos heredar, existe también una ira que se actualiza constantemente, fruto del presente político del país en que vivimos o al que pertenecemos. Las diferentes medidas que se toman desde el Estado con las que no nos sentimos identificados o los distintos partidos e instituciones que toman decisiones que nos afectan directamente suscitan de manera muy potente nuestra rabia. Gordon advierte que por el mero hecho de que no pienses en esas instituciones, personas o partidos constantemente, no significa que no te generen una ira que afecta a tu salud mental, ya que a menudo se traduce en estrés, uno de los agentes más perjudiciales para nuestra salud.

La ira en el cerebro y en el cuerpo

El cerebro procesa la ira en forma de estrés, y esto tiene diversas consecuencias, como la elevación de la presión sanguínea o de los niveles de glucosa. El investigador insiste reiteradamente en lo perniciosa que es la ira para nuestra salud, ya que provoca aumentos repentinos de las hormonas relacionadas con el estrés, como la adrenalina y la noradrenalina, lo que provoca desequilibrios hormonales graves.

Según lo publicado las revistas cardiológicas, una ira severa y explosiva puede causar ataques al corazón o infartos. Los estudios han demostrado que la presión sanguínea sube repentinamente, pasando de 120 sobre 80 a 220 sobre 130. Además, cuando experimentamos una fuerte rabia el cuerpo libera químicos que tienden a la coagulación de la sangre. Se produce también un aumento de la producción de ácido en el estómago que puede traducirse en úlceras gástricas.

Finalmente, cabe señalar que las personas que viven crónicamente enfadadas son más propensas a los resfriados, la gripe, las infecciones, los ataques de asma, las enfermedades cutáneas y la artritis.

La ira individual

Al margen de las manifestaciones más colectivas o físicas, cada uno de nosotros experimenta su propio enfado, fruto de su experiencia personal: las decisiones que tomaron nuestros padres, nuestros amigos, nuestras novias o nosotros mismos, y que nos afectaron de un modo u otro. A este respecto, Gordon es muy claro, y considera que el afirmar que algo que ocurrió no debería haber sucedido es la máxima vanidad a la que puede aspirar el ser humano. Ninguno de nosotros es Dios, ni el Destino, ni el Universo. Debemos aceptar las cosas tal y como vienen, y el pasado tal y como sucedió.

Diversas manifestaciones de la ira

¿A qué tendemos cuando nos enfadamos? Extremamos nuestros comportamientos habituales: los glotones compulsivos, comen, los alcohólicos se emborrachan y los drogodependientes se colocan. Hay quien tiene ataques de pánico. Algunos se vuelven pasivo-agresivos y otros caen en actitudes sarcásticas. La ira lleva a los seres humanos a adoptar todo tipo de comportamientos, pero todos ellos derivan en la enfermedad, el descontento y, finalmente, la muerte.

Para Gordon, la clave es la serenidad y el intento de controlar pacíficamente nuestros ataques de ira o de enfado. No se trata de acabar con ella drásticamente –no parece posible–, sino de mitigarla hasta que seamos nosotros los que controlemos la ira, y no a la inversa. 

Fuente: Diario El Confidencial

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