El miedo al rechazo

miedo al rechazoLa necesidad de integración es algo que experimentamos desde que somos pequeños. Ya en el patio de la escuela se forman grupos y nadie quiere quedarse sin pertenecer a uno aunque esto suponga ciertos sacrificios, como tener que cambiar las actividades que nos gustan por otras que son compartidas o bien aceptadas en el grupo. Lo cierto es que la madurez nos hace ver este tipo de situaciones con otra perspectiva, aprendemos que a veces no está mal ser diferente o defender una postura que no apoya nadie o muy pocos; sin embargo, no nos volvemos inmunes al placer que supone estar integrados en un grupo de personas.

El miedo al rechazo que produce angustia y llega a afectar seriamente a la estabilidad de la persona no es más que una radicalización de un temor que en el fondo compartimos todos. Lo cierto es que este miedo se retroalimenta, ya que puede ser precisamente la causa de que nos encontremos con el temido rechazo. ¿Por qué? Porque por miedo al rechazo, igual que cuando éramos pequeños, intentamos convertirnos en quién creemos que los demás quieren o aceptarían. Así, sin darnos cuenta, podemos provocar una sensación de artificialidad en los demás que efectivamente provoque el temido rechazo.

El temor a ser rechazado puede producir graves trastornos y problemas no sólo en lo emocional sino también en lo físico. En el momento de “enfrentarse” a la opinión o el simple hecho de participar en una reunión, la oportunidad de conocer a alguien en una cita o en una entrevista laboral, etc la persona que sufre este temor se siente amenazada, angustiada, deprimida, avergonzada, etc.; entre otros sentimientos.

Es más que frecuente que esta persona también se sienta muy insegura y hasta ansiosa, queriendo que la situación pase lo más rápido posible. Pensar simplemente en la repercusión que tendrá en los demás su vestimenta, su peinado, sus dichos, sus risas, etc, es motivo de total preocupación. Cuando se deben enfrentar a la realidad, se sonroja, sufre de palpitaciones, transpira más de la cuenta, siente la boca seca y tiene la necesidad imperiosa de “huir”, por ejemplo, pidiendo permiso para ir al baño.

Las personas más dependientes son las que padecen una gran necesidad por ser aprobados por los demás, ya sea su pareja, sus padres, sus amigos, sus compañeros de trabajo, sus colegas del instituto, su jefe, sus hermanos, sus vecinos o hasta los desconocidos. Cuando se topan con un entorno hostil o no del todo “bonito” se asustan. El miedo al rechazo es tal que tratan de imitar la conducta de los otros y se comportan de una forma muy diferente a la que realmente son.

La autocensura y el cambio de roles (o interpretación de un papel) produce la pérdida de identidad, todo por evitar la desaprobación. Pero detrás de esto, sin dudas hay un problema mucho más grave: un complejo de inferioridad y una muy baja autoestima. En la mayoría de los casos esto es una consecuencia directa de un entorno familiar demasiado exigente o autocrítico, donde los padres sólo querían que los hijos cumplan con sus expectativas y sus sueños incumplidos.

Existen también situaciones que son traumáticas durante la etapa escolar y esas heridas no sanan tan fácilmente. Por ejemplo, cuando los compañeros se burlan del que sacó malas calificaciones, lo logró saltar tan alto ni correr tan rápido, lleva gafas o bruckets en los dientes, ocurrió algo con su ropa, se equivocó frente a los demás en la clase, etc. Aunque no se crea, esto puede continuar afectando la psique de una persona durante muchos años, aún después de ser adulto y haber terminado la escuela.

En muchos casos, son los propios prejuicios los que marginan a la persona, los hacen perder su espontaneidad, su “chispa”. Cree que no tiene nada que valga la pena para aportar a la sociedad o al grupo de amigos, que no son inteligentes lo suficiente como para opinar o decir algo que sea interesante, que “sume” verdaderamente.

Es por ello que adoptan una conducta de escondite o de escape, también de anonimato, para no resaltar nunca ni llamar la atención. Piensan que nadie los quiere escuchar cuando en realidad son ellos mimos los que no toleran sus palabras. Prefieren decir “estoy de acuerdo” o “me parece bien” antes de entrar en polémica, defender una postura o discutir con alguien.

La necesidad de complacer a los demás es muy dañina para nosotros mismos, porque renunciamos a nuestros deseos y nos traicionamos, nos sentimos incómodos, evitamos reuniones, fiestas o eventos, preferimos callar, etc.

Puede ocurrir al iniciar una relación de pareja como para agradar a un jefe en un empleo nuevo. Es tal la necesidad de conseguir la aprobación que no demostramos cómo realmente somos, tememos el abandono, el rechazo y la indiferencia. Es preciso entonces romper con los prejuicios y arriesgarse un poco más a ser auténtico o espontáneo, pero sin exagerar. El cambio ha de ser paulatino y analizando los efectos que causa.

Fuente: La mente es maravillosa / Foto cortesía de Elena Dijour

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