Autoestima herida

autoestimaEn ocasiones pasamos por experiencias que dañan la autoestima, que interfieren en el proceso de querernos, de valorarnos. Encontramos desde cosas sencillas —como los insultos de compañeros de colegio o de hermanos—, hasta las descalificaciones de profesores o padres, llegando a experiencias mucho más fuertes como son las agresiones físicas y psicológicas, situaciones de abuso, de abandono, que llevan a que uno se sienta un “nadie”, una basura, sin valor, y que reaccione aislándose de todo, o apegándose excesivamente a alguien del que reciba alguna limosna de cariño, o volviéndose agresivo, luchando contra todos y contra todo. Veamos las expresiones de dolor que surgen relacionadas con estas experiencias y sus típicas reacciones. Algunos de los gritos que nos manifiestan que hay dolor, son las siguientes expresiones con las que a lo mejor te sientes identificado/a:

· “No me quieren”, “no me tienen en cuenta para nada”, “no significo nada para ellos”, “no he sido deseado”, “me rechazan”, “quieren cambiarme”…

Los que dicen cosas como estas están expresando su gran necesidad de sentirse aceptado y amado. Entendemos que no nos referimos a quienes se expresan así por una rabieta, porque no se les conceda un capricho… sino por un profundo sentimiento de falta de amor, cuando uno nota que no pinta nada, que más bien es un incordio, se siente rechazado. El sentirnos queridos es una de las cosas más importantes en nuestra vida que determina nuestra manera de afrontarla, de relacionarnos con los demás, etc.

• “Soy malo”, “tengo mal corazón”, “da igual que lo haga bien o mal”, “por lo que he hecho no merezco ni que me miren a la cara”, “tendré que reconocer delante de todos lo que he hecho”, “ni Dios me va a querer como sea así”…

Los que dicen estas otras son los que no se sienten dignos. La imagen de sí mismos es totalmente negativa y se sienten merecedores de los más duros castigos y penitencias.

• “No pertenezco a ningún grupo”, “no merezco estar aquí”, “no sé hacer nada”, “lo hago peor que todos”, “no soy capaz”…

Los que hacen comentarios de este tipo, no se sienten útiles, tienen poca confianza en sí mismos, no dan valor a lo que hacen.

Al sentirnos así nuestra autoestima está dañada y las reacciones que fácilmente surgen son:

– El que no se siente querido manifiesta hostilidad, tiene comportamientos agresivos, hacia otros o hacia sí mismo. Con lo cual aún genera más rechazo, y así se ve en un círculo sin salida, donde su necesidad es de sentirse aceptado y querido pero sus reacciones de protección, que son violentas, hace que se le quiera menos y, por tanto, se confirme lo que sospecha: “Nadie me quiere, ni nadie me querrá” y, finalmente, se quiere autoconvencer de que mejor es así, “no necesito a nadie”.

– El que no se siente digno vive con un sentimiento de culpabilidad constante. Le han hecho creer que todo lo hace mal, que es el responsable de todas las desgracias, y lo asume con una gran carga de culpa, para la cual casi es imposible el perdón o, cuando lo consigue en algún tema concreto, ya está adquiriendo nueva culpa por la que hacer más penitencia.

– El que no se siente capacitado, manifiesta miedos, vive con temor. Todos hemos comprobado cómo al no creer en nosotros, al faltarnos la confianza, se incrementa la posibilidad de cometer un error. Al dudar de uno mismo, se teme fallar y, al temer fallar, se falla. Es la famosa profecía autocumplida: “No voy a poder, no voy a poder…” y no puede, entonces concluye: “¿Ves? Ya lo decía”. Algunas veces a pesar de decir que uno no puede, se sorprende de que sí, pero aun así, cuando la autoestima está dañada, esa experiencia se olvidará rápido, para acordarnos de las otras en las que no hemos podido, aunque sean menos. La actitud de miedo paraliza y nos limita, impidiendo que desarrollemos las potencialidades que realmente tenemos.

Sanando las heridas

El sentimiento de que no valgo, de que soy inferior, de que nadie me quiere, etc., viene normalmente de experiencias del pasado relacionadas con la familia, la escuela, los amigos… Pero, en ocasiones, ocurren cosas más fuertes difíciles de curar.

Seguro que oísteis muchas veces decir que “¡el tiempo borra las heridas!”. Aunque es una frase típica que no hace honor a la realidad, nos parece que las borra, pero las tapa sin curar, las disimula, las guarda sin ordenar. El tiempo de por sí no llega para curar, sobre todo las heridas profundas. Normalmente es necesario restablecer las relaciones dañadas, es necesario perdonar, es necesario ser restituido, ser restaurado del daño que uno recibió.

Eso hace que muchas veces se dependa de terceras personas para una restauración completa. El abusador que pida perdón y que cumpla algún tipo de condena según la ley determine. El padre o la madre que se disculpen por aquellas palabras repetidas tantas veces (inútil, gorda, débil, rebelde…) que se terminaron haciendo realidad y que hacen tan difícil la vida normal. Los amigos que fueron desleales, que nos minusvaloraron o nos utilizaron, que reconozcan lo que nos hicieron… Muchas de estas cosas se han convertido en los “fantasmas del pasado”, que nos persiguen, de los que no nos liberaremos hasta que, por un lado, nos descarguemos de culpa que no merecemos y, por otro, perdonemos a los que nos dañaron, ya fuese conscientemente o sin darse cuenta, sin intención, sin saber las consecuencias que ello iba a suponer para nuestra vida, o por pensar que, tratándonos así, sería la mejor manera de ayudarnos.

Si lo que te ha pasado es algo muy fuerte, algo que da vueltas en tu cabeza, que te duele mucho al pensarlo, que te cuesta mucho contarlo e intentas ni pensar en ello… es posible que necesites ayuda profesional para afrontarlo. Si es el caso, te conviene hacerlo porque las cosas no curan solas y muchas veces tienen efectos secundarios. Ya sabes, el que ha sido maltratado tiene un alto porcentaje de posibilidades de hacer lo mismo, de maltratar a otros o a sí mismo, aunque no siempre es así; el que ha sido abusado sexualmente puede verse afectado en su orientación e identidad sexual y muy frecuentemente presenta dificultades en la relación de pareja.

El primer paso que te recomendaría sería hablarlo con alguien de mucha confianza para ti, pero más maduro que tú, puede ser de tu familia, una buena amistad, y entonces dar los pasos siguientes necesarios para resolver el tema. Quizás te ayude el saber que se puede perdonar a alguien aun a pesar de que no te pida perdón, es decir que, por lo que a ti respecta, no tener en cuenta más lo que te hizo y liberarte de esa carga, ya que a veces, la otra persona no está dispuesta a reparar el daño o ya ha fallecido.

Fuente: Enterapiapsicología / Esteban Figueirido

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