¿Juzgas y criticas demasiado?

juzgarEl juicio es como el colesterol: hay uno “bueno” y uno “malo”. El primero es el “discernimiento”,  y el segundo, “el enemigo del amor”. Cuando condenas a los demás, ese sentimiento desapacible se expande en todas las direcciones y acaba por salpicarte a ti mismo. Y lo que es peor aún: las faltas que juzgamos con más dureza en los demás suelen ser nuestras propias negatividades proyectadas hacia fuera.

Juicio tóxico

No cabe duda de que la mayoría de nosotros emitimos juicios con una facilidad pasmosa. Incluso a menudo obtenemos cierta satisfacción lanzando contra alguien los dardos de nuestra censura. Ese es el problema: la liberación de un juicio interior nos hace sentir superiores. Nos sentimos genial cuando detectamos los fallos de nuestros padres, amigos, profesores y jefes, y los criticamos con sarcasmo y agudeza.

Juzgar alimenta las pasiones –el sentido de injusticia, la ira contra el “culpable”, la simpatía por la víctima, el arrepentimiento–. Nos saca del apoltronamiento y nos pone en acción. Para la mayoría de nosotros, culpar y condenar son algo parecido a la cafeína emocional: una forma de sacudirnos la pasividad. Nos resulta fácil juzgar, pues tenemos una gran capacidad para analizar aquellas situaciones en las que no nos encontramos implicados, es decir, que no nos afectan directamente; pero ¿cómo podemos emitir juicios sin realizar las dañinas condenas?

Propicia el cambio

Las críticas están relacionadas con la proximidad emocional de las partes: cuanto más cercanos estamos a otra persona, más aumenta la probabilidad de que hallemos aspectos suyos que nos desagradan. Que una crítica sea un estímulo o un freno en las relaciones depende de las dos partes implicadas: el que emite un juicio y el enjuiciado. Las críticas formuladas con contenido, comprensión y respeto propician el cambio. Si además el que las recibe se muestra abierto y con ganas de aprender en lugar de ponerse a la defensiva, pueden profundizar y sincerar las relaciones.

Aprendamos a distinguir

A pesar de la tendencia a confundir juzgar con discernir, la realidad es que tienen poco que ver. En realidad, proceden de niveles completamente diferentes de nuestra psique.

El discernimiento es una cualidad del intelecto o de la mente superior: el testigo que nuestro yo utiliza para observar el desarrollo de nuestro mundo interior y tomar decisiones sobre lo que nos conviene y lo que no. El discernimiento es una conciencia que suele darse sin palabras, una lucidez interior previa a los pensamientos y las emociones.

El juicio y la culpabilidad son manifestaciones del ego, esa parte de la psique que identifica el yo con el cuerpo, la personalidad, los roles que nos atribuimos. Suelen dar pie a las críticas, que en ocasiones resultan peligrosas cuando: se utilizan para reafirmarse, rebajando el valor de los otros; intentan manipular con la inducción de sentimientos de culpa, ignorancia o miedo; ocultan una necesidad insatisfecha que se manifiesta como crítica hacia los demás, o son una proyección de aspectos nuestros que rechazamos.

Egomanía

El ego tiene sus utilidades. Después de todo, si no nos creásemos un sentido delimitado del yo, no podríamos implicarnos como individuos en este fascinante juego que llamamos la vida en la tierra.

El problema en relación con el ego es que tiende a expandir su cartera de atribuciones, creando estructuras que bloquean nuestra conexión con la alegría y la libertad que tenemos dentro. Por lo general aparece durante la infancia, y pretende protegernos, ayudarnos a sentirnos mejor en nuestra propia piel, y no desnudos ante un mundo potencialmente difícil y competitivo. Pero en realidad funciona como una trampa, pues cuando nos encontramos sumergidos en él nos sentimos como si saliéramos a la calle con algo que no es nuestro y que nos puede ser arrebatado de un momento a otro.

Fuente: Psicología Práctica

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