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El arte de ser cobarde

cobardia

¿Conoces a alguien al que pudieras definir como cobarde? ¿Cuáles son los motivos que te empujarían a definirlo así? ¿Se puede justificar su manera de actuar? En el trabajo, en la familia en el grupo de amigos… todos tenemos cerca a alguien a quien le podemos poner la etiqueta de cobarde.

La cobardía es una de las características esenciales del ser humano. Es muy compartida, etiquetada en otros, pero muy poco reconocida. Sin embargo, y aquí quizás sea sorprendente, en determinados casos sigue siendo una estrategia adaptativa para nosotros.

En múltiples ocasiones todos hemos echado la vista atrás y nos hemos encontrado con una duda: saber cuál hubiera sido el resultado si hubiéramos actuado de otra manera en aquel momento. Y al analizarlo, vemos que la cobardía está detrás de muchos de nuestros “y si….”.

La cobardía va de la mano del miedo y del conformismo. Son inseparables. Si no hay miedo detrás, no es cobardía; quizás comodidad o vagancia, pero no cobardía. Se puede ser cobarde en varias dimensiones de esta actitud. A nivel emocional, a nivel de comportamiento o incluso a nivel de pensamiento.

¿Cómo se es cobarde?

Existen varias formas de demostrar cobardía. La más evidente que se plasma en comportamientos. Más allá de lo que podamos sentir o pensar hay momentos en los que la situación nos pide actuar y no lo hacemos. Es un reflejo de “no reacción” por paralización, por inseguridad… podemos poner mil justificaciones.

Esta es la forma más conocida y visible de cobardía. Podemos reconocer en los demás o en nosotros varios momentos en los que no dijimos un “te quiero”, “déjame en paz”, “no, ese es tu trabajo, hazlo tú”…

¿Cuántas veces hemos apartado pensamientos de nuestra cabeza por no enfrentarnos a ellos? También podemos ser cobardes de pensamiento.

Puede pasar que exista una idea, una situación o incluso un recuerdo que nos molesta o nos da miedo y no le dedicamos tiempo. Ni siquiera nos lo planteamos, incluso sabiendo que se puede hacer “bola” en el estómago o dificultarnos la respiración. Si nos proponen hablar de ello nos evadimos, cambiamos de tema o mostramos una indiferencia forzada.

Por último, está el cobarde emocional. No sentir para no sufrir. Huir de las emociones es la solución para muchas personas. Entienden una emoción como una complicación. Aquellas personas que se dejan llevar no los entienden.

Pero quienes huyen de las sensaciones de miedo, tristeza, cariño, enfado tienen sus motivos. Estos pueden estar relaciones con dificultad de reconocimiento, expresión y empatía en la infancia o adolescencia, malas experiencias de adultos e incluso el miedo a perder el control de los impulsos.

¿Por qué nos comportamos así?

Tanto si somos nosotros los cobardes como si es alguien que conocemos, el sentimiento en relación a la cobardía es de incomprensión, decepción e incluso rabia. ¿Por qué se comportan así? ¿Por qué me comporto así?

Tanto para los valientes como para los cobardes existe la misma respuesta. Un modulador fundamental de nuestra valentía tiene que ver con el número y la calidad de las herramientas y el entrenamiento personal con el que contemos.

El miedo es una emoción compartida por todos, sin embargo, la cobardía es una actitud: la posición que adoptamos frente a ese miedo. Además, se puede actuar con miedo. Es algo lógico y humano.

Son esenciales las herramientas que hayamos aprendido para manejar nuestras emociones. Para responder de una forma equilibrada o para poner en marcha estrategias de pensamiento enfocadas a solucionar problemas, generando alternativas, esas herramientas guiarán nuestro comportamiento en un sentido u otro.

A partir de ahí, la cobardía es un elemento con el que tenemos que lidiar. Con nosotros mismos o otras personas, haríamos bien si nos apoyáramos en la empatía, intentando comprender (no necesariamente respaldar) los motivos que han incitado la cobardía.

Fuente: La Mente es Maravillosa / Lic. Paula Murillo

Autor:

"No permitas que tus heridas te transformen en alguien que no eres" — Paulo Coelho

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